“PESADILLA”, una lección para aprender

“PESADILLA”, una lección para aprender

Abr 24

Me siento muy cansado. Tengo los nervios a mil y no sé qué hacer. Estoy entre la espada y la pared. Sin embargo tengo claro que debo tomar una decisión. No será fácil pero no hay más remedio. Les contaré mi problema para que comprendan de qué les estoy hablando.
Soy un hombre casado. Amo a mi esposa y a mis hijos. Lo último que podría querer en este mundo sería perder a mi familia. Pero debo reconocer que tengo un defecto: soy redomadamente infiel. Esa atracción por las otras mujeres no he podido dominarla. Soy así desde muy joven.
El problema que ahora me atormenta es que tengo una amante por la que he perdido la cabeza. No me había pasado antes. Por ella me he convertido en un hombre irresponsable. Me desvivo por complacer sus caprichos. Incluso, este mes no he pagado la pensión del colegio de mis hijos porque le regalé una costosa joya para que la luciera en una fiesta. Ahora no sé qué decirle a mi esposa para justificar mi irresponsabilidad. Solo deseo que no se entere de la verdad porque no quiero perderla.
Les dije al principio que me siento muy cansado. Les voy a explicar por qué. Anoche me acosté atormentado por la situación que estoy atravesando. No podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama pero mis pensamientos no me dejaban en paz. De pronto no sé qué pasó pero sentí que flotaba. Era una sensación extraña para mí. Tuve la impresión de estar en un sitio que desconocía. Al principio todo se veía iluminado como si fuera de día pero no vi el sol por ningún lado. Era muy agradable estar ahí. Empecé a desplazarme por el lugar sin utilizar las piernas. Andaba en el aire. Estaba en otro mundo. No había casas, ni calles ni vehículos. Vi seres con el rostro brillante y vestidos de blanco que pasaban a mi lado y me sonreían. Se veían felices.
La sensación de plenitud y alegría no me duró mucho. De pronto el panorama cambió. Ahora no había luz. Solo penumbras. Al fondo no se distinguía nada porque la oscuridad era total. El temor empezó a apoderarse de mí. Me sentía confundido y no sabía qué hacer. Me urgía la necesidad de escapar cuanto antes de ese lugar pero…. ¿cómo hacerlo?
En mi desespero no me percaté que unas figuras de aspecto siniestro se acercaban a mí y empezaron a rodearme. Al mismo tiempo escuché gemidos lastimeros que parecían provenir de todos lados. El temor se convirtió en pánico y quise huir cuanto antes de ese lugar. Miré hacia atrás y vi a los seres de luz que me miraban con ojos tristes. Entonces decidí correr para llegar donde estaban y pedir su ayuda. Pero no pude. Me estrellé contra un muro invisible. Hay una frontera que separa la luz de la oscuridad.
Sentí que los hijos de las sombras me sujetaban por los hombros y me halaban hacia ellos. En mis oídos sonaban como el zumbido de un millón de abejas unas voces monocordes que decían “eres nuestro, eres nuestro”.
En ese momento miré hacia abajo y vi mi cuerpo acostado en la cama. Quise regresar a él a toda costa y despertar pero no podía. Estaba totalmente paralizado. Mi cuerpo no obedecía mis órdenes. Me desesperé más. Mi cuerpo estaba en un lado y yo en otro. Y esos seres horribles querían arrastrarme no sé para dónde. Entonces me acordé de Dios y de su poder supremo. “Aunque pase por el valle de sombras de muerte no temeré mal alguno porque tú estás conmigo”, recé en voz alta pidiendo su amparo y protección.
Justo en ese momento desperté y me senté en la cama inhalando una bocanada de aire. Estaba temblando y sudando copiosamente.
Esa extraña experiencia me dejó muy cansado. No sé si fue una pesadilla o si se trató de otra cosa. Todavía no tengo mi cabeza en orden. Pero ahora que acabo de relatarles todo lo que me pasó mientras mi cuerpo estaba en la cama y mi espíritu en otro lado sufriendo mucho porque sentí de veras que se iba a sumir para siempre en la oscuridad, acabo de tomar una decisión. Ya sé qué debo hacer para resolver el problema que no me deja vivir en paz ni ser feliz.