Esta historia nos muestra las consecuencias que se derivan de una relación fundamentada en intereses mezquinos. Todo en apariencia marcha bien hasta que tarde o temprano las verdaderas intenciones salen a flote; en ese momento, cuando las partes encaran la verdad desnuda, el desenlace puede ser fatal:
Los primeros rayos del sol atravesaron el ventanal del dormitorio de Juanita. Con gesto de pereza estiró los brazos sobre su cabeza y contorsionó el cuerpo para sacudir los rezagos del sueño. Se había acostado un poco tarde después de ver en la televisión un capítulo de su serie de terror favorita. Cada vez que tal suceso ocurría sus nervios quedaban acelerados y tardaba en dormirse.
Al cabo de unos minutos y después de mirar el reloj de pared de su habitación, Juanita pegó un salto y salió disparada para el baño con el fin de ducharse con agua tibia. Tenía bien medida la temperatura para que la sensación del agua corriendo por su cuerpo fuera agradable. Lavó su larga y espléndida cabellera con inusual rapidez porque el día era especial. Desde unos meses atrás esperaba la llegada de los miércoles con algo de ansiedad. Era el día de su cita semanal con Alonso.
Desayunó aprisa y dejó en el plato rezagos del sándwich que su madre le había preparado con esmero. Era hija única y sus padres cifraban en ella las expectativas de un futuro próspero. Con esfuerzo mutuo pagaban el valor de la matrícula semestral de sus estudios en una prestigiosa universidad privada. Añoraban que su hija lograra el éxito profesional que estuvo vedado para ellos. Se casaron muy jóvenes y los compromisos hogareños sumados al pronto nacimiento de su primogénita no les dejaron espacio para estudiar una carrera universitaria.
Juanita besó a su madre en la mejilla y salió presurosa. Llevaba en sus manos un libro de ecuaciones matemáticas y un par de cuadernos. Dejó tras de sí el tenue y delicioso olor de su perfume favorito. Estaba radiante y sonreía satisfecha. Solo ella conocía el motivo de tanta exultación.
A dos cuadras de su casa la esperaba un lujoso automóvil de dos puertas con vidrios polarizados. Subió al vehículo con evidente afán; pocos segundos después el conductor inició la marcha velozmente dejando en el asfalto las huellas del caucho de sus ruedas. Al frente del volante estaba un hombre mayor, sexagenario, de pelo blanco liso peinado hacía atrás. Usaba anteojos de lentes redondos y montura metálica fina que acrecentaban su porte distinguido. Vestía un jersey blanco de cuello redondo con la imagen del cocodrilo a la altura del corazón, pantalón caqui y zapatos café. Era un dandi de pies a cabeza. Al subirse, Juanita lo saludó con un pico y ajustó su cinturón de seguridad. Seguía sonriente. Sin embargo, el destino le preparaba una sorpresa desagradable.
Mientras el automóvil recorría las calles ella cerró los ojos por breves momentos y pensó en sus compañeras de curso. Era el blanco de sus críticas. Ninguna aprobaba su relación con Alonso. Le decían que él podía ser su padre o su abuelo si las cuentas de los años que los diferenciaban se detallaban con rigor. A Juanita poco le importaban las opiniones de sus amigas. Ella no sentía nada por él pero adoraba la ropa de marca, las joyas y otros lujos que Alonso le proporcionaba. Además, en pocos días tendría un auto propio que él prometió regalarle. La vida fácil que disfrutaba al lado de ese hombre era el único objetivo que estimulaba su decisión de permanecer en la relación. En ese momento, a pesar de todo lo que había logrado, la animaba la idea de pedirle una elevada cantidad de dinero. Pensaba decírselo apenas llegaran a su destino con el fin de que él dispusiera lo necesario y se la entregara al regreso.
El vehículo avanzaba raudo hacia el sector norte de la ciudad. Alonso estaba eufórico, tal vez más de lo que acostumbraba cuando se reunía con Juanita. Se sentía orgulloso de su conquista. Ella era la criatura más hermosa y angelical que cualquier hombre desearía poseer. Y él tenía esa dicha. Se sentía envidiado por sus amigos, aquellos hombres de negocios que conocían su relación con semejante “bocatto di cardinale”. La pasión que sentía por ella se había desbordado. Estaba obnubilado y al borde de la locura. Había decidido abandonar a su familia y empezar una nueva vida al lado de Juanita. No importaba si esa aventura de senectud resultaba siendo un recorrido de mucho impulso y poca duración. Vivir, vivir plenamente y sin límites era el único objetivo que ocupaba su mente. Supuso que su esposa y sus hijos quedarían protegidos y respaldados por una buena parte de su fortuna. Era un hombre responsable, al menos eso pensaba de sí mismo. El resto de su caudal estaba destinado a sustentar la felicidad que el destino le había reservado al lado de ese ángel. Todos sus pensamientos giraban en torno a la dicha que lo esperaba. Se imaginaba la expresión de alegría en el rostro de su amada cuando le dijera cuáles eran sus planes para ambos.
Al cabo de hora y media de camino por una carretera poco transitada llegaron a una finca de recreo. El lugar era perfecto para descansar y desconectarse del ruido de la ciudad. Había dos piscinas, una pesebrera, cancha de tenis y un salón de juegos. También tenía una casa principal con varias habitaciones para alojar a los visitantes. Juanita no ocultó su entusiasmo por el lugar. Estaba deslumbrada. Alonso sentía que ese espacio era el sitio perfecto para comunicarle la gran noticia. Apenas descendieron del automóvil fueron recibidos por un sirviente y después conducidos por un hombre de mediana edad y trato campechano hasta un salón amueblado con sillones tapizados en cuero. Antes de sentarse, Alonso se dirigió al mueble bar para servirse un whisky. Necesitaba sentir el calor del líquido ambarino descendiendo por su garganta para acopiar todas las fuerzas de su espíritu y confesarle sus propósitos a Juanita. Se sentía como un adolescente a punto de declarar por primera vez sus sentimientos a la chica que había amado en silencio. Pero sus planes se frustraron.
Juanita se abalanzó sobre Alonso antes de que éste bebiera el primer sorbo del whisky que tenía en sus manos, y lo besó apasionadamente en los labios. Enseguida aprovechó el momento para decirle que tenía algo muy importante que contarle. Sonriendo, él le dijo que era todo oídos para ella. Súbitamente, sin embargo, su rostro se contrajo y una mueca de disgusto borró su expresión de felicidad. Las palabras de Juanita sonaron como un látigo: “amor, quiero irme de esta ciudad y continuar estudiando en la capital del país, cuento contigo para pagar todos mis gastos”. Alonso no podía creerlo. Bruscamente la apartó de su lado y de un golpe apuró el contenido del vaso que tenía en la mano. Respiró profundo para recuperar la calma y enseguida pasó a la contraofensiva. Le respondió tajantemente que eso no podía ser, que él tenía otros planes para ambos. Le dijo que había decidido dejar a su mujer y a sus hijos para iniciar una nueva vida con ella. Nada le faltaría porque su dinero era suficiente para mantenerla con todos los lujos. No necesitaba estudiar ni trabajar. Mientras hablaba se sirvió otro trago. El rostro de Alonso estaba demudado por la ira que poco a poco tomaba posesión de sus ademanes. Sus manos temblaban. El licor se encrespaba en su recipiente presagiando la tormenta que estaba a punto de desatarse.
Juanita lo miraba aturdida y sorprendida. Era la primera vez que Alonso explotaba de esa manera. No esperaba esa reacción pero tampoco estaba preparada para recibir su propuesta. Vivir a su lado jamás había estado entre sus planes. De él solo le interesaba su dinero. Ese viejo no le inspiraba ningún sentimiento. Complacerlo sexualmente era un sacrificio pero valía la pena por todas las cosas que conseguía a cambio. Ser su mujer no era una opción a considerar. Sintió que debía calmarlo y recobrar el control de la situación. Se acercó otra vez a él y lo abrazó con toda la ternura que las circunstancias le permitían expresar. Trató de halagarlo con dulces palabras pero Alonso seguía de mal humor. No estaba dispuesto a ceder ante sus requiebros. Su decisión de convivir con ella era inapelable y no la cambiaría por nada en el mundo. No había poder humano capaz de obligarlo a retroceder. Una propuesta como la suya era una oportunidad que muchas mujeres desearían recibir para aceptarla a ojos cerrados. Solo ésta culicagada se daba el lujo de ponerle cara de preocupación a la solución de todos sus problemas y ahora venía con zalamerías baratas para disuadirlo de algo que no tenía marcha atrás.
Alonso bebió otro trago y con rabia encaró a Juanita. En voz alta le espetó que tenía que ser suya hasta el último día de su vida. No había alternativas. Todo estaba dispuesto para ese fin y solo faltaba el asentimiento de ella para que se mudaran al palacio donde viviría como una reina.
Juanita no soportó más la actitud firme pero grosera del hombre que siempre había mostrado un alto grado de docilidad con sus caprichos. Decidió alzar la voz también y cantarle la verdad en su cara. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones que qué se había creído él si el único encanto que tenía estaba en su cartera. Que ella no iba a sacrificar su vida al lado de un viejo que no servía para nada. Que la dejara tranquila y no le jodiera más la vida. Que se regresara al lado de su mujer que ella sí se lo aguantaba, que cogiera su plata y se la metiera por donde él sabía.
Alonso pasó de la rabia al asombro. No podía creer lo que oía. Jamás persona alguna lo había ofendido de esa manera. Le dolió en al alma que todo eso se lo dijera la mujer por la cual estaba dispuesto a dar la vida si era necesario. Apretó sus puños con fuerza mientras el rostro se le encendía de la ira. Entonces se levantó y con pasos lentos y vacilantes caminó hasta la mesa del salón. Tomó con manos temblorosas el maletín que siempre llevaba consigo. Lo abrió con lentitud y extrajo de su interior la pistola Browning HP que portaba para defenderse de un potencial delincuente.
Cuando llegaron al salón los empleados de la finca se encontraron con un cuadro aterrador. La joven que acompañaba al señor Alonso estaba tirada en el piso en medio de un charco de sangre. Tenía varios impactos de bala en el pecho. Murió con los ojos desorbitados por el terror. Tal vez no creyó que su fin sería así, violento e inesperado.
Entretanto, Alonso estaba sentado en el sofá con la mirada clavada en el piso y la barbilla sobre su pecho. Tenía el arma en sus manos. Por su cabeza no rondaba ningún pensamiento pero se preguntaba si ahora valía la pena seguir viviendo.

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