No creo en Dios” es una frase que escucho de vez en cuando como reacción a mi afirmación relativa a que los sueños son mensajes de Dios. Quienes la expresan, más que refutarme, pretenden dejar en claro su posición personal frente al tema. Para mí ese es un punto de vista que merece respeto, máxime dentro de un Estado laico donde la libertad de culto y de conciencia son derechos amparados por la Constitución Política. Todos los habitantes del territorio nacional son libres de creer o no en Dios. Y quienes creen tienen, igualmente, la libertad para rendirle culto a Jehovah, Yahvé, Alá, Krishna, etc. Es decir, así como no hay unanimidad en torno a la existencia de Dios, tampoco la hay entre quienes reconocen su existencia.

Mi opinión frente al tema la he dejado expuesta en otras oportunidades: creo en Dios, en el Padre Celestial, no importa el nombre que le asignen las diferentes religiones. Creo, también, que orienta y protege a los seres humanos mediante mensajes que les envía por medio de los sueños. Pienso, además, que a Él no le preocupa el hecho de que algunos nieguen su existencia o que otros le endilguen distintos nombres. Como no es un ser egoísta o resentido no le niega su ayuda a nadie aunque algunos lo “ninguneen” y otros se peleen entre ellos porque se sienten sus “dueños”. En fin, desde su trono celestial regenta su poder sobre todos aunque, quizás, a veces se duela por las ofensas que recibe. Sin embargo, su amor es infinito y su capacidad de perdón inagotable.

Respecto al tema la Biblia presenta algunos ejemplos que ponen de manifiesto la actitud de Dios ante los hombres para ofrecerles su guía en momentos críticos sin establecer distinciones entre quienes lo adoraban y aquellos que rendían culto a dioses paganos. Me referiré a dos casos específicos, las experiencias de Faraón y Nabucodonosor, dos hombres ajenos al pueblo escogido, idólatras y reyes opresores que, para la época, mantenían cautivos a los israelitas.

Los famosos sueños de Faraón, cuando soñó dos veces una misma noche, no pudieron ser interpretados por ninguno de los magos y sabios de Egipto. Solo José, el hijo de Jacob, inspirado por el Dios de Abraham, de Isaac y de su padre, pudo descifrar el significado de esos sueños. “Dios le ha anunciado lo que está por hacer”, le dijo al hombre poderoso que tenía frente a él y a continuación le explicó el sentido de las imágenes de ambos sueños. Todo el mundo sabe qué le dijo.

Nabucodonosor, rey de Babilonia, vivió una experiencia similar con los magos, adivinos, hechiceros y astrólogos de su reino. Sin embargo, en este caso, ellos tenían el compromiso de decirle a su soberano cuál fue el sueño que tuvo y, además, darle la interpretación. Ninguno pudo. Cuando Daniel, joven israelita cautivo en esas tierras y servidor del palacio real, fue llevado a la presencia del rey con el mismo propósito, lo primero que le dijo fue lo siguiente: “No hay ningún sabio, ni hechicero, ni mago o adivino que pueda explicarle a Su Majestad el misterio que le preocupa. Pero hay un Dios en el cielo que revela los misterios.” Acto seguido le dijo lo que necesitaba saber.

El Dios del que hablan las Sagradas Escrituras puso al servicio de dos reyes que no creían en Él, que además rendían culto a sus propios dioses y de contera tenían esclavizado a su pueblo, a dos hombres sabios e iluminados para que interpretaran los sueños que tuvieron. Ese Dios no tuvo en cuenta las circunstancias individuales de cada personaje para anunciarle a cada uno, mediante mensajes oníricos, acontecimientos del futuro. Si Dios protegiera exclusivamente a sus propios creyentes y desatendiera al resto de la gente, el caos reinaría en este mundo.

Ese es el Dios en el que yo creo, el Dios único, el Dios de todos. Respeto a los ateos, a los agnósticos, a los adoradores de otros dioses. Estoy convencida, por todo lo expuesto, de que todos estamos bajo su protección. A todos nos guía mediante los mensajes que nos envía cuando soñamos.

Una verdad es cierta e indiscutible: las imágenes de los sueños tienen un significado. La ciencia lo ha confirmado. No son figuras aleatorias que se forman en la mente producto de fenómenos inexplicables. El tema de discusión radica en cuál es la fuente que las proyecta. Unos dicen que tienen su causa en el inconsciente. Otros, como yo, creemos que Dios es su artífice. Mi punto de apoyo para afirmarlo es, como lo saben los lectores de este blog, mi dilatada experiencia como intérprete de sueños. El ejercicio del don me ha demostrado que Dios existe, que nunca se equivoca y, además, que siempre procura el bien para todos los seres humanos sin excepción alguna.

Candy Delgado

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